3. La autorregulación


La autorregulación en el marco sistémico implica poner en marcha una batería de  mecanismos que posibilitarán mantener cierto nivel de equilibrio, donde el valor medio es  sólo un ideal, ya que el sistema oscila permanentemente adoptando un esquema de  equilibración dinámico. Que el organismo se autorregula significa que no es total y  absolutamente dependiente del medio y, por ende, tiene capacidad para generar dispositivos  de preservación del equilibrio. Este doble juego entre lo interno y lo externo opera bajo la  forma de circuitos de retroalimentación, o mejor aún, como una red causal donde cada  variable se vincula con múltiples variables. 

Así, la causalidad circular de las regulaciones orgánicas opera sobre las cognoscitivas, pero  esto no termina allí, ya que el propio conocimiento vuelve a su vez sobre lo orgánico para  completar el circuito de retroalimentación. Particularmente en el caso del hombre esto  último cobra gran significación, ya que es el ser vivo donde la función cognoscitiva alcanza  su máxima expresión. Como ejemplo de ello, la cultura puede actuar sobre lo netamente  biológico y modificarlo. Así, conductas básicas ligadas con la reproducción, son  resignificadas en el marco cultural, tal el caso de la endogamia propia de algunos pueblos.  Ésta recicla los mismos genes en la misma comunidad, dando como resultado alteraciones  en las proporciones de los genotipos y fenotipos, respecto de lo que ocurre en ausencia de  dicho mecanismo (exogamia). Se denomina genotipo al patrimonio total de genes que  posee un organismo, en tanto que fenotipo es la resultante de la interaccción entre éste y el  ambiente.  

Con el ejemplo citado en párrafo anterior queda claro que el ambiente (o la cultura) puede  incidir sobre las frecuencias génicas a posteriori determinando la presencia de ciertos  fenotipos por sobre otros, pero éste no es el único mecanismo. Otra alternativa es la que se  da el contexto de lo que habitualmente se denomina “asimilación genética”. En este caso  los genes reguladores disponen de dispositivos de captación de información del medio, lo  que da como resultado que se expresen ciertos genes por sobre otros. También aquí se  expresan diferentes alternativas fenotípicas, pero a diferencia del mecanismo anterior, el  organismo tiene una participación activa ya que es él mismo quien “selecciona” los genes  que habrán de manifestarse fenotípicamente. No debe entenderse esto último como  finalidad, sino como genes vinculados con el ambiente en el marco de la retroalimentación  propia de los sistemas complejos. 


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Como ejemplo de lo señalado antes puede citarse un caso estudiado por Piaget, el del  caracol del género Limnaea, el que se presenta en dos formas básicas, una, de espira  alargada y abertura pequeña, y otra, de espira corta y abertura ancha. La primera, propia de aguas estancadas, y la segunda, de aguas corrientes. Esta última, si bien puede vivir en  cualquier tipo de agua, se adhiere fuertemente a las rocas (lo que no puede hacer la forma  alargada), acción que impide ser arrastrada por la corriente.

En el caso citado, el genoma es informado de los resultados de su morfogénesis durante el  desarrollo, lo que privilegia ciertas formas fenotípicas por sobre otras. Esto demuestra que  ciertas clases de genes no están aislados y, por el contrario, interactúan permanentemente  con el medio, tal lo expresa la definición de fenotipo. Debe aclararse por cierto que no  todos los genes tienen tal plasticidad en sus modos de expresión. Por ejemplo, los  determinantes de los grupos sanguíneos humanos dan cuatro alternativas posibles (los  cuatro grupos sanguíneos: 0, A, B y AB) independientemente de cualquier factor ambiental.  

Los procesos autorregulatorios antes aludidos operan en dos instancias diferentes del  desarrollo del ser vivo; la primera, desde la fecundación hasta la conformación completa de  las estructuras y, la segunda, cuando éstas se tornan en funcionales.  

La primera instancia acontece bajo la forma de epigénesis, es decir, un proceso mediante el  cual lo dado genéticamente interactúa con los factores ambientales. Así por ejemplo, Piaget  expresa que para pasar de lo virtual (lo dado en los genes) a lo real puede requerirse de la  colaboración de varios genes actuando sinérgicamente, lo que puede retrasarse o acelerarse  por las condiciones de ejercicio o de experiencia adquirida. También es posible que lo  preestablecido no se torne nunca en real. Dicho de otro modo, las coordinaciones generales  de la acción están en la base del funcionamiento de cualquier estructura. 

Lo expresado antes aleja la perspectiva piagetiana de la idea de preformación, todavía  vigente en muchos sectores de la biología. Según esta manera de ver la cuestión el  desarrollo está predeterminado en el ADN, de tal modo que el medio es prescindente en la  conformación de las estructuras resultantes.  

Los estadios de la secuencia de desarrollo presentan dos características, son necesarios y  posen una serie de propiedades que caracterizan a toda la fase. Por ejemplo, durante el  desarrollo de la inteligencia operatoria se presentan diferentes etapas donde cada una otorga condiciones de posibilidad para la siguiente. Una de ellas, la sensorio-motora, refiere a la  organización de esquemas senso-motores hasta llegar a los actos de inteligencia práctica  por comprensión inmediata.La concepción epigenética supone el desarrollo conjunto de órganos o estructuras. Cada  una de ellas lo hace conforme una vía posible. Waddington la ha denominado creoda y, por  lo tanto, el sistema epigenético es el conjunto de todas las creodas. En este marco los  procesos de equilibración u homeorresis van ligados a la génesis y desarrollo de estructuras  en el contexto de ciertas creodas, las que pueden desviarse de su curso original e implicar  nuevas homeorresis.  

Cuando los procesos de estructuración finalizan, la homeorresis cede paso a la homeostasis,  es decir a la equilibración, no ya en términos de conformación de estructuras sino como  funcional. Esto es, cuando las estructuras terminan de conformarse como tales, comienzan a  funcionar; de este modo las regulaciones, antes orientadas a la construcción de órganos y  sistemas, se tornan ahora en mecanismos fisiológicos. 

La relación entre homeorresis y homeostasis es menos clara cuando de regulaciones  cognoscitivas se trata. En este caso no se sigue el mismo desarrollo, ya que debe estar  constituido el sistema nervioso como estructura para que el conocimiento pueda darse. Así,  lo congnoscitivo se plasma sólo en desarrollos funcionales, nunca estructurales.  

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Lo dicho antes no implica que la homeorresis no precede a la homeostasis, sino que ambas  se vinculan de modo diferente a cómo lo hacen en el terreno de lo orgánico. Así, la primera  supone un número determinado de creodas más o menos independientes que se integran en  un todo funcional más estable, la homeostasis. Dicho de otra manera, aquí lo funcional no  se sigue de lo estructural, sino que sólo es funcional.  

Finalizada la epigénesis orgánica, el único sistema que además de funcional es estructural,  es el endocrino, ya que puede dar origen a estructuras estables o transitorias, como las  constituyentes del sistema reproductor.  

El sistema nervioso representa el conjunto de las regulaciones funcionales, tanto en lo que  hace a las internas (la coordinación fisiológica), como a la ordenación de los intercambios  con el medio. Estos intercambios pueden ser materiales (digestión, respiración) o bien  funcionales (comportamiento). Entre estos últimos se halla el aprendizaje, lo que supone  además la existencia de órganos todavía más diferenciados como los sensoriales y efectores  motores. 

En este marco el comportamiento es un conjunto de elecciones y de acciones sobre el  medio que posibilitan óptimos intercambios. El aprendizaje por su parte no es una excepción, ya que al adquirir nuevos conocimientos o hábitos, el ser vivo asimila dichas  señales, generando nuevos esquemas de acción que se imponen y adaptan al medio. La autorregulación cognoscitiva no dispone de instrumentos propios para ejercer su  función, sino que utiliza los elementos de la autorregulación orgánica en todos los niveles  genéticos, morfogenéticos, fisiológicos y nerviosos, adaptándolos a la nueva información  en el marco del comportamiento.